Dígame cuanto me odia, le prometo que serán como palabras mágicas.
Si me dice cuanto le fastidio, sera muy fácil salir corriendo.
Si me grita cuantas ganas tiene de no verme, saltare a ese vacío y así ambos tendremos lo que queremos.
Pero no me susurre cuanto me ama mientras me da la espalda.
Es como lanzar una pelota contra una pared y esperar que la pared me lance otra pelota más. Aun no hay píldoras de surrealismo.
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